viernes, 29 de mayo de 2015

ELISEO GIL Y LA ROMANIZACION EN VASCONGADAS





DIARIO EL PAÍS

ELISEO GIL ARQUEÓLOGO "Hay gente que en nuestro país lleva muy mal la romanización

"

 La romanización de Euskadi fue objeto de unas jornadas internacionales organizadas hace dos años en San Sebastián por la Asociación de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza. El arqueólogo Eliseo Gil presentó esta semana los dos volúmenes que recogen, en castellano, euskera y francés, las comunicaciones e intervenciones del encuentro. Eliseo Gil, de 36 años, es desde hace cuatro años director de las excavaciones en el oppidum romano de Iruña, en Ogilaz (Álava) y vicesecretario de la Sociedad de Estudios Vascos. Pregunta. ¿Por qué se ha investigado tan escasamente la romanización del País Vasco hasta hace poco? Respuesta. Ha habido que superar una barrera psicológica que hacía que tocar el tema pareciera inoportuno. Desde luego, nunca me he sentido responsable de lo que ocurrió hace dos mil años, pero hay gente que en este país lo vive y lleva muy mal. Lo cierto es que los avances en la investigación sobre la época se han producido hace muy poco, quince o veinte años. P. ¿Se puede decir que los romanos entraron en Euskal Herria hasta la cocina, igual que en otras partes? R. No sé si se metieron en nuestras cocinas, pero desde luego sus cacharros sí estuvieron en ellas. La comunidad científica tiene claro el tema desde hace mucho tiempo, pero lo cierto es que estamos aún en un primer estadio de comunicación al público de esa reconstrucción histórica basada en la arqueología y las ciencias auxiliares. Esa época no es cualquier cosa. Son dos siglos de primeros contactos y cinco siglos de integración en un aparato estatal, por cierto con dimensión europea, moneda única y una lengua oficial; y en el interior de todo eso, un mosaico de pueblos con sus culturas y muchos con lenguas propias que, en casos como el nuestro, tuvieron la capacidad de conservar. P. No se puede hablar entonces de una resistencia aguerrida a la invasión. R. Aquí, no. Los vascos de la época se dedicaban más bien a resistirse aguerridamente los unos a los otros. La resistencia a los romanos se dio en la meseta castellana y en Cantabria-Asturias. La lucha vasca fue la de Aquitania, al otro lado de los Pirineos, donde sí se produjo resistencia a la conquista de las Galias. Nuestra parte fue una zona de retaguardia de los romanos frente a la resistencia cántabra. P. ¿Subsisten aún muchos falsos mitos sobre la época? R. Uno de los grandes temas, que ha generado ríos de tinta, es el de la cristianización. Nos hemos movido entre dos corrientes: los que sostienen casi que en Euskadi había cristianos antes de Cristo, y perdón por el chiste fácil, y los que se van al otro extremo y niegan la cristianización hasta la época medieval. Hace bien poco se ha publicado un estudio que la sitúa en el siglo VII, pero los datos arqueológicos nos permiten decir con garantías que, al menos, se remonta a principios del siglo V.

 

lunes, 26 de enero de 2015

DE CONTROVERSIAE VASCONIAE

OPPIDA IMPERII ROMANI

DE CONTROVERSIA VASCONIAE


[Fotografía de la ciudad romana, de nombre aun no confirmado, de Santa Criz de Eslava, un enclave romano extraordinario de la Navarra Media -ver aquí reciente reportaje de Diario de Navarra- que corresponde a alguna de las antiguas ciudades de los Vascones. La foto es de Luis del Rey, de la Guía Arqueológica de la Península Ibérica que mereció nuestra atención ya en otro post de este blog]
Hace ya algunos años, en los últimos ochenta, Juan José Sayas publicaba un 'programático' artículo titulado "De historiae Vasconiae rebus controversis" (la referencia completa aquí) en el que repasaba algunas cuestiones todavía controvertidas sobre los Vascones de las fuentes antiguas un pueblo al que, como sabrá el asiduo de Oppida Imperii Romani, venimos prestando atención al menos desde que tuvimos el privilegio de coordinar el volumen Navarra en la Antigüedad. Propuesta de Actualización (Gobierno de Navarra, Pamplona, 2006) y de ocuparnos, para él, de la reducción de las ciuitates supuestamente vasconas citadas por las fuentes (pincha aquí) un tema que, como podrá comprobar quien descargue el artículo, aun tiene muchas cuestiones abiertas si bien, obviamente, no es el fundamental de este pueblo de la Antigüedad. Pero, lo cierto es que, desde ese momento, el año 2006 -pero también 1987, la fecha del trabajo de Juan José Sayas- la bibliografía sobre Vascones se ha multiplicado notablemente (un cierto balance hacíamos no hace mucho en el post Scripta Vasconica, de este mismo blog) y, también, la presencia de algunas de las ciuitates del denominado "territorio vascón" en Oppida Imperii Romani (Andelo, Cara, Pompelo, Santa Criz, Campo Real, Los Bañales...) se ha ido incrementando de manera continuada. Ese incremento bibliográfico -con un volumen publicado en la Serie Instrumenta de la Universitat de Barcelona en 2009 (pincha aquí) y con el reciente Entre Vascones y Romanos. Sobre las tierras de Navarra en la Antigüedad, Pamplona, 2013- ha permitido que, cada vez, estén más claras -al menos para la communis opinio, otra cosa es que haya gente que siga aferrada a viejas teorías que, a veces, aun siguen desfilando por publicaciones más o menos contrastadas, especialmente en la red- algunas cuestiones 'esenciales' -y remarcamos el término- respecto de ese grupo de población al que Roma, por razones que desconocemos pero que bien tuvieron que ver con su deseo -y necesidad- de controlar el territorio, bautizó como Vascones (confesamos que nos sentimos totalmente herederos de la visión que respecto de éstos expone WULFF, F.: "Los Vascones como paradigma", en ROLDÁN, J. M., y WULFF, F.: Citerior y Vlterior. Las provincias de Hispania en la era republicana, Madrid, 2001, pp. 407-416, imprescindibles).

Por eso, cuando el pasado mes de Diciembre, nuestra compañera en el Departamento de Historia, Historia del Arte y Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra y a la sazón directora de la Cátedra de Lengua y Cultura Vasca de la Universidad de Navarra, María del Mar Larraza, nos invitó a -como hiciera el pasado año, entonces, todavía profesando nosotros en la Universidad Nacional de Educación a Distancia- dictar una charla de carácter general sobre los Vascones de las fuentes antiguas (a la del año pasado puedes acceder desde aquí) pensamos que era una buena ocasión para remarcar esas certezas que, desde luego, modifican mucho la visión tradicional que se ha ido forjando -tras decenios de investigación- sobre los antiguos habitantes del entorno de Navarra, y subrayamos, también, lo del 'entorno' por razones que más abajo se aducirán y que conoce ya el lector más o menos versado en la cuestión vascónica.

Esas certezas que, a la vez, son, a nuestro juicio, características definitorias de la etnia en cuestión son (y algunas, de hecho, están bien tratadas en un simpático opúsculo editado por el Departamento de Educación del Gobierno de Navarra hace algunos años: MÚGICA, M.: Los Vascones, Pamplona, 2007):

[1] Si entendemos por etnia -como la define la Real Academia de la Lengua- un grupo cohesionado, con identidad de sí mismo, ancestro, cultura e historia comunes y definido, por tanto, en función de una serie de afinidades, los Vascones, desde luego, no lo fueron o, al menos, no lo fueron estrictamente. Probablemente la consideración de aquéllos como tales obedece más a una observación externa, por parte de Roma, y a un sentido utilitario de control territorial que a uno identitario que, en cualquier caso, exigiría que Roma percibiera algún elemento distintivo en la comunidad a la que definió como Vascones. Mientras de otros colectivos indígenas hispanos sí se conservan, por ejemplo -como ha subrayado recientemente M. Navarro en un trabajo publicado en CABALLOS, A. (dir.): Roma generadora de identidades. La experiencia hispana, Madrid, 2011, pp. 107-140- menciones de procedencia en la onomástica (Celtiber, Calaicus, Cantaber...) no existen éstas para los Vascones un término que, además de en las fuentes literarias, sólo aparece atestiguado epigráficamente en documentos de carácter oficial, el más célebre la recientemente redescubierta inscripción del censo de C. Mocconius Verus (CIL VI, 1643: pincha aquí para los últimos datos sobre la pieza y de su paradero, en el Museo del Louvre de París).

[2] Desde un punto de vista territorial, entre la República y el Principado, no hay un territorio que pueda ser considerado -al margen de como recurso metodológico- como propio de los Vascones antiguos. Los datos de Estrabón, Livio y Plinio apenas coinciden en señalar la vinculación de aquéllos con el Pirineo, su relación con la ciuitas de Pompelo y de Oiasso y con un espacio más llano en el entorno de Calagurris, el ager Vasconum (esto se ha subrayado con acierto por E. Cantón en un imprescindible trabajo en Veleia, 22, 2005, pp. 129-143) y con otro más bien boscoso, del entorno de Oiasso, el saltus Vasconum, acaso un distrito minero (Arkeolan, 15, 2008, imprescindible). Los datos onomásticos, toponímicos y de la teonimia indican, sin embargo, que la población claramente vascónica -si por tal entendemos la que hablaba vasco antiguo- se concentraría, sin embargo, entre la Navarra Media Oriental y las actuales Cinco Villas de Aragón (y no en la Comunidad Autónoma Vasca, no en vano hacia ese actual territorio los testimonios disponibles remiten más bien a una lengua de raigambre céltica, como han demostrado, entre otros J. Velaza o F. Beltrán Lloris, por ejemplo en VELAZA, J.: "El vasco antiguo y sus vecinos según la epigrafía", en IGARTUA, I. (ed.): Euskara eta inguruko hizkuntzak historian zehar, Vitoria, 2012, pp. 75-84). En ningún momento puede sostenerse, por tanto, una expasión vascona, como se pensó en los años ochenta, y menos a costa de pueblos de su entorno, sencillamente, los Vascones o, mejor dicho, población 'vascónica' aparecía dispersa y repartida por un territorio, desde luego, en lo geográfico, nada homogéneo.

[3] Si el territorio no parece un elemento unitario y la lengua vasco-aquitana apenas está atestiguada epigráficamente -y en fecha ya tardía, como se ha visto en las referencias anteriores o como ha repetido constantemente J. Gorrochategui: Veleia, 24-25, 2007-2008, pp. 1185-1201, por ejemplo- en un sector muy concreto del espacio que se atribuye a los Vascones -fundamentalmente, insistimos, colocando en el mapa las póleis que le atribuye Ptolomeo- no parece que el vasco fuera la lengua mayoritaria -ni desde luego, fue la lengua de la elite- en el espacio vascónico. Muy verosímilmente, ese elemento -una lengua que no era ni ibérica ni indoeuropea- pudo llamar la atención de Roma que debió otorgar el apelativo de Vascones a la población de un territorio que era, efectivamente, un trifinium cultural de celtas, íberos y, claro, vasco-aquitanos. La diversidad pudo ser, por tanto -a espera de un marcador arqueológico que permita caracterizar una cultura material, prerromana, común y distinta a la de los celtíberos, por ejemplo- la nota dominante de este grupo étnico de la Antigüedad Peninsular. Algunas ciudades claramente vascónicas -por su ubicación en relación al registro epigráfico del entorno y, por tanto, al medio lingüístico y por su propio topónimo- como pudo serlo Segia (Ejea de los Caballeros, Zaragoza) evidencian, a través del Bronce de Áscoli (CIL I, 709) una composición poblacional étnicamente heterogénea.

[4] En ningún momento -salvo tras el final de Roma y justo coincidiendo con el momento en que la desaparición de la globalización cultural de Roma motivó el resurgir de viejas identidades, que casi no se ha detenido hasta nuestros días- los Vascones consta que actuaron como grupo, en bloque, desde una perspectiva política. No puede, pues, afirmarse, ni que fueran hostiles a Roma en las guerras de conquista -lo que no parece, dado que no hay noticias al respecto, como suele haberlas en las fuentes para otros pueblos belicosos- ni que se alineasen en favor de Sertorio o de Pompeyo en las guerras civiles de la década de los setenta del siglo I a. C. La documentación epigráfica que atestigua, desde la época republicana romana, el modo de funcionamiento de la administración al modo romano, pone bien de manifiesto que, en realidad, fue siempre la ciudad, y no la etnia, la que articuló las relaciones Roma-indígenas o las relaciones de los indígenas entre sí. Debió haber, sin duda, ciudades que tomaron partido por Sertorio -como Calagurris (véase el trabajo de J. L. Ramírez Sádaba en Gerión, 3, 1985, pp. 232-245- pero la existencia de un foedus (ver aquí, con discusión y fuentes) suscrito por los Tarracenses -y el propio episodio de la fundación de Pompelo, pese a su carácter ambivalente- permiten pensar que también habría otros centros colaboracionistas con la causa senatorial dentro de lo que venimos considerando el "territorio vascón". Más diversidad, por tanto, como no podía ser de otro modo.

[5] Desde una postura historiográfica, ¡y también política!, cualquiera de las opciones que han recurrido -nunca mejor dicho- a los Vascones para justificar planteamientos de carácter territorial -bien nacionalista español bien nacionalista vasco bien autonomista navarro- merecen nuestro respeto una vez que se han amparado en el análisis de la documentación antigua por más que éste, ocasionalmente, haya sido un análisis superficial o torticero. Sin embargo, el lector comprenderá que con lo dicho hasta aquí, no puede de ningún modo sostenerse que los Vascones sean un elemento que tenga algo que ver con la población antigua de las provincias de la Comunidad Autónoma Vasca aunque tampoco que sean, estrictamente -aunque esta afirmación puede tener más fundamento histórico o, cuando menos, documental- los antecesores de los actuales "Navarros". Sencillamente, se trata de un pueblo -definido por su diversidad- que, muy probablemente, por el nombre que Roma le dio, ha despertado la atracción de pensadores y politólogos a veces sin demasiada documentación o, cuando menos, sin demasiada reflexión. En cualquier caso, esos usos y abusos de esta etnia histórica son siempre sugerentes y hacen, siempre, 'grandes', los tiempos antiguos (nosotros mismos nos ocupamos del asunto en un trabajo publicado en la Revista de Historiografía, 8-1, 2008, pp. 41-54, con abundante bibliografía), ¡y hay mucho por hacer, aun, en este sentido!

Pues bien, esto, y no otra cosa, son los Vascones, a partir de ahí el resto de elementos -su conexión pirenaica, el concepto de los mismos en la tardoantigüedad, la reducción de sus ciudades, sus elementos definitorios materiales, etcétera- pueden aun discutirse y, seguro, se irán aportando nuevas luces en años venideros. En un reciente trabajo -en los Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Navarra- en el que nos ocupábamos, precisamente, de esa imagen social -o, más bien, pedagógica- de los Vascones (pincha aquí) hacíamos una reflexión del esfuerzo de transferencia que, empleando, además, las potencialidades de la web 2.0, debíamos hacer docentes e investigadores para difundir a la sociedad los resultados de nuestra investigación. La charla que inspira este post, impartida en un foro universitario, pretendía hacer síntesis, y balance de esas cuestiones que, en su mayor parte, como se ha visto, se apoyan en investigaciones propias y, también, en geniales ideas de otros colegas. Si compartir aquí la presentación y el audio de la intervención -que puedes obtener más abajo- sirve para dar un paso más en pro de esa difusión, el esfuerzo, de nuevo, habrá valido la pena.

jueves, 16 de octubre de 2014

UNA PELICULA SOBRE LA VASCONIZACIÓN TARDIA

http://www.nabarralde.com/es/egunekoa/12539-una-pelicula-sobre-la-falsa-tesis-de-la-euskaldunizacion-tardia
Aitzol Altuna Enzunza   

Josu Venero y Alberto Santana, con la colaboración de ETB, firman una película presentada en el Festival de San Sebastián con el título: “Una historia de Vasconia: euskaldunización tardía”, basada en una tesis jamás probada, que en realidad tenía en su origen una clara intencionalidad política y que tiene la misma consistencia como la que tuvieron el vasco-iberismo, el vasco-cantabrismo, el tubalismo e infinidad de teorías más que se han ido diluyendo en el tiempo por su inconsistencia, pero que rebrotan de vez en cuando.
La sinopsis de la película tiene claroscuros que podemos ir desgranando. La primera parte es actual y correcta: “Desde hace 25 años en Santimamiñe, en Finaga, en Buzaga y, sobre todo, en Aldaieta, se descubren nuevos cementerios de familias de guerreros armados con terribles hachas de combate y espadones de doble filo que han dado la vuelta a todo lo que creíamos saber sobre los años oscuros desde la caída del Imperio Romano y los tiempos de los visigodos. Los expertos creen que es probable que en estos años se creara una Vasconia de influencia germánica, no goda (…)”.
Como escribía el jefe de las excavaciones de Aldaieta Agustín Azcarate: “Lo sorprendente es que esta gente se entierra con unos ritos funerarios y unos materiales que no tienen nada que ver con la Hispania visigótica, sino más bien con el mundo franco del norte de los Pirineos”. Es sorprendente para el que buscaba otra cosa (la fábula del origen godo de España) y normal para las historiografía baskona-nabarra. Pero hay que hacer un importante matiz, los arqueólogos franceses, entre los que se encuentran N. Aberg, E. James o S. Lerenter, distinguen perfectamente en las distintas excavaciones que han realizado, un conjunto de caracteres arqueológicos definido como “facies vascona” o “aquitana”, diferenciable de otros calificados como “septentrional o franca”. Es decir, tras la caída del Imperio Romano Occidental, los restos de los lugares mencionados y otros como Pamplona-Iruñea y Tafalla en Alta Navarra, Argiñeta y Mesterika en Bizkaia, o los de Zornoztegi, Aistra y Alegría-Dulantzi en Alaba, nos hablan de una comunidad de gentes, pueblo o nación, diferente a la goda y a la franca, llamada en las crónicas baskona, con su epicentro político en el río Garona (Burdeos-Toulouse) donde residían los príncipes y condes baskones cuyo poder llegaba hasta el río Ebro y más al sur.
Después viene la parte oscura de la sinopsis de la película que está también recogida en el título, “euskaldunización tardía: (…) una Vasconia que extendió el euskera de los vascones hasta los territorios occidentales de Euskal Herria, la actual Comunidad Autónoma Vasca (sic.)”. Esta teoría se contradice con la arqueología, la lingüística, la etnografía, la toponimia, los textos históricos (inexistentes) y, encima, su fundamento primigenio es totalmente anacrónico como veremos.
La tesis inicial fue del conocido historiador y arqueólogo iberista Manuel Gómez-Moreno (Granada 1870-Madrid 1970), el cual en 1925 decía que “en las modernas provincias vascongadas (…) vivían gentes de raza cántabro-astur”. El historiador, filósofo y arqueólogo alemán Adolf Schulten copió la idea un par de años después (1927). Pero fue su fundamental valedor Claudio Sánchez-Albornoz (Madrid 1893-Ávila 1983), catedrático de historia en las universidades de Madrid, Barcelona y Buenos Aires, así como presidente en el exilio de la Segunda República española. Sánchez Albornoz era conocido entre nosotros por su “vascofobia”, más si cabe hacia el Lehendakari Agirre, el cual no quiso entrar en el Gobierno español en el exilio que presidía Claudio Sánchez-Albornoz y contra el que el insigne madrileño dijo cosas durante la represión franquista como:“Pero yo le decía al presidente del Gobierno vasco, cuando yo era presidente de la República en el exilio: hablen el vasco, si es que pueden, porque la mayoría no lo saben, pero a pagar impuestos como todos los españoles".
La hipótesis defendida con vehemencia por Sánchez Albornoz y sobre el que gira la película, era que el pueblo prerrománico de los baskones se expandió tras la caída del Imperio Romano Occidental (año 476) hacia territorios de la actual Comunidad Autónoma Vasca (Bizkaia, Gipuzkoa y Alaba), pero sin olvidar otros como la Cantabria oriental, norte de Burgos desde Atapuerca y La Rioja.
Pero, ¿cuál era el territorio originario de esos baskones prerrománicos? Tampoco sería “sólo” la actual Comunidad Foral Navarra. Los límites aproximados serían los siguientes: su núcleo principal estaría efectivamente en Alta Navarra, pero ampliada por los extremos hacía el Aragón moderno, incluyendo los suesetanos de las “Cinco Villas” de influencia céltica en el sur que estarían bajo su dominio, hasta el municipio de Alagón, llegando por tanto hasta casi la misma Zaragoza (Salduba en el idioma nativo). Por el Este, todo el Canal del Berdún hasta Jaca y la jacetania que también era baskona o estaba bajo su dominio. Por el Suroeste, ciudades de la actual Rioja Baja como Calahorra o Alfaro (antigua “Ilurcis”) se consideran baskonas, así como la cuenca del río Cidacos en Soria. Los baskones bajarían por el río Gallego, el río Aragón y el Arba hasta los montes de Castejón. La Rioja alabesa actual y San Vicente de la Sonsierra-Ávalos, según Caro Baroja, pudieran ser también baskonas, así como el occidente alabés. Por último, de los ríos Oria al Bidasoa en Gipuzkoa y más al noreste todo Lapurdi hasta Baiona (lapurdenses) también estaría bajo su dominio según el historiador Manex Goyenetche (1942-2004).
La teoría de una expansión altomedieval de estos baskones para llegar a todos los territorios de habla vasca altomedieval que antes no lo eran, es fácilmente rebatible si se va al detalle de la misma, pues se basa principalmente en algo tan poco consistente como la palabra “vasconizae” (de donde vendría “vascongado”), que interpretaba Sánchez Albornoz como que fueron “vasconizados”, cuando en “romanzae” no ve que fueron “romanzados” sino que hablaban un idioma romance. Euskaltzaindia lo explica así en su “Libro Blanco del euskera”: “Vascongado hay que interpretarlo como romanzado con romance, es decir, el que sabe euskera” (no que ha sido “vasconizado” por alguien).
Koldo Mitxelena, el lingüista más importante en temas vascos del siglo pasado, lo tenía claro en su libro “La lengua vasca”: “Los argumentos con que se ha apoyado esta teoría no tienen fuerza bastante. Si se dejan a un lado los textos, que nada dicen de lo que se les ha querido hacer decir, ésta en primer lugar la onomástica personal, de carácter indoeuropeo, señalada por Gómez-Moreno. No obstante, la prueba es incompleta, porque nada dice de Guipúzcoa y muy poco de Vizcaya, además de ser excesiva, ya que en parte de (Alta) Navarra se descubren los mismos nombres que en la llanada alavesa. No hay que olvidar tampoco que la onomástica personal está demasiado sujeta a modas”. Otro ilustre lingüista como fue el alabés Henrique Knörr (1947-2008), especialista en onomástica y toponimia vasca, también se oponía a esta tesis.
Los datos arqueológicos son también contundentes. Si hubiera habido esa invasión, los restos arqueológicos anteriores nos hablarían de gente de tipo celta que no aparece por ningún lado, por ejemplo en las numerosas excavaciones sobre castros de la Edad de Bronce llevadas a cabo en Gipuzkoa por Xabier Peñalver recogidas en libros como “La Edad de Hierro, los vascones y sus vecinos”. En otro libro,“La Península ibérica en los comienzos de su historia”, el arqueólogo español y doctor en historia Antonio García Bellido -de los más importantes del siglo pasado-, afirmaba respecto a los pueblos del Ebro medio: “Ahora bien, tales pueblos no eran celtas, ni lo fueron nunca, aunque su cultura se nos aparezca hoy con claros rasgos de celtización. La razón de ello es la efectiva presencia en estas tierras o en sus proximidades de elementos celtas inmigrados y porteadores de una cultura superior (vivían ya en posesión de hierro) que acabaron de celtizar a los indígenas precélticos”. Qué decir más al norte de esos asentamiento del Ebro medio y alto (Aragón, Castilla Vetula, Alta Navarra y Alaba actuales).
Respecto a los posibles nombre celtas de la toponimia de la zona se reducen en realidad a dos, pues todos los demás o no son celtas o son interpretables mediante el euskera[1]. El primero es el río “Nervión”, en realidad en los textos de época romana se escribía “Nerua” donde la “u” y la “v” se leen igual y que no es más que un emperador romano del siglo I, aunque también podría ser Minerva, diosa romana de las aguas. La otra palabra es “Deba”, aunque se ha querido derivar de “ibar” (vega del río), sí es posible que sea celta con sus equivalentes en Asturias, Galicia, Huesca o Francia, pero también en Mesopotamia o la India, que perfectamente podría hablar de un asentamiento de legionarios romanos que se sabe eran celtas o celtíberos los que invadieron la costa vasca, como en el caso documentado de “Flaviobriga” (-briga es ciudad en celta), la cual se construyó sobre el poblado autóctono de Portus Amanun en algún lugar del río Nervión según Ptolomeo de Alejandría (s. I), el cual en su libro Geográfica escribía en griego: “los autrigones son contiguos de los cántabros en la costa y tienen la desembocadura en el río Nerua y la ciudad de Flaviobriga”. El historiador ronkalés B. Estornés Lasa en su libro “Orígenes de los vascos”, es muy claro cuando dice: “La capa céltica de nuestra toponimia, aunque escasa, marca un contacto de euskera y celta, cuya naturaleza y alcance ha de precisarse pero previamente sanados de la enfermedad de atribuir al celta cuanto semejante o parecido se señale entre ambas lenguas”. En el propio euskera la presencia del celta es muy escasa y dudosa en otros casos.
Es más, en Bizkaia y aún más en Alaba, van aparecido palabras en euskera según se van realizando excavaciones arqueológicas,en general en aras o pequeñas y gruesas columnas planas dedicadas a dioses locales o incluso personales: Illuna (Trespuentes), Aituneo (Araia), Helasse (Miñano Mayor), Aitea (Ollavarre-Olabarri), Ivilae (Forua), Umeritara (Otañes, autrigones hoy dentro de la CC.AA. de Cantabria), etc. Además de los innumerables términos en euskera de esta misma época en lápidas del pueblo de los ausko de Aquitania o Novempopulania,desde el Alto Garona hasta el Pirineo como en Zuberoa o Val de Arán (Catalunya actual).
El propio Julio Caro Baroja, el etnólogo español más importante del siglo XX, también se manifestó contra esta tesis de la invasión de los territorios occidentales de forma muy contundente:
“No me explico cómo se puede sostener tal tesis si se observan los hechos:
Que en la provincia de Guipúzcoa, es decir, donde se ha conservado en total hasta el presente (el euskara), es donde menos vestigios romanos hay de toda España.
Que en la provincia de Vizcaya hay algunos más, pero siempre de poca consideración.
Que en la provincia de Álava, donde ya desde antiguo el castellano ha tenido grandes extensiones, la romanización resulta mucho más intensa, a juzgar por los vestigios arqueológicos.
Que en la provincia de Navarra la zona donde se ha conservado el vasco más fue la menos romanizada y donde se ha conservado menos fue la más romanizada.
Para admitir un corrimiento del vasco a las provincias en tiempo medieval habría que afirmar que del territorio sur de Pamplona y el Ebro, lleno de grandes ciudades y de memorias de la lengua latina, del territorio vascón según la clasificación clásica, las gentes romanizadas habían subido al norte e imponer una lengua no latina a no se sabe quién. Lo más probable es todo lo contrario, o sea que a partir del siglo IV los habitantes de la montañas, muy poco civilizados siempre, aprovechándose de la debilidad del Imperio, bajaran al sur”.
En cuanto a los documentos históricos, ninguno menciona la cuestión de la “invasión”, es más, las cronologías asturianas del siglo IX hablan de Alaba y Bizkaia en los siglos anteriores como “tierras siempre poseídas por sus moradores”, además de Orduña, Aiala, Berrueza, Deio y Pamplona-Iruñea. Entre los historiadores que más ha profundizado en la historia altomedieval baskona está sin duda B. Estornés Lasa, el cual en el libro mencionado era también muy contundente y habla de la burda politización de la cuestión: “Se ha querido, con propósitos partidistas, presentar a los vascongados como gentes “vasconizadas” por alguna invasión de los vascones navarros sobre el occidente vardulo, pero es precisamente en (alta) Navarra donde vienen empleándose este adjetivo para y por los navarros mismos. Y, aun fuera de ella, lo vemos en la misma literatura castellana refiriéndose a los navarros ya desde el siglo XIV”.
Frente a los historiadores favorables a la tesis de la “vasconización” (ninguno de renombre en la historiografía vasca), existe en contra de la misma un conjunto de historiadores muy cualificados como: Arturo Campión, Juan Plazaola, Antonio Tovar, José María Jimeno Jurio, etc.
Es más, la tesis resulta anacrónica si se observa que hay que esperar por primera vez al siglo XVIII para que se les llamaran “Provincias Vascongadas” a Alaba, Gipuzkoa y Bizkaia, y “vascongados” sólo a sus habitantes. De hecho, la nueva denominación parcial no cuajó hasta el siglo XX y en los textos de las Guerras Carlistas del siglo XIX e incluso después, es común llamar vascongados también a los alto navarros. El principal historiador bizkaíno del siglo XX, Andrés de Mañaricúa (1911-1988), lo explicaba así: "Vascongado no era el que no siendo vasco fue vasconizado, como muchos pensaban apoyados en una etimología que lo derivaban del latín vasconicatus, y que se ha repetido hasta hoy. Era el hombre de habla vasca: así un (alto) navarro vascoparlante era vascongado”.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

SAN VICENTEJO, LA JOYA ROMÁNICA DE TREVIIÑO

La ermita de la Concepción, dedicada en origen a San Vicente, es un templo que por si solo hace que merezca la pena la escapada a estas tierras castellanas del Condado de Treviño situadas en pleno corazón de Álava.

LA WEB SOBRE OCHATE 

LA HISTORIA DE CÓMO EL EUSKERA SOBREVIVIÓ AL LATÍN

Euskara jendea. Recreación de la cohorte várdula del imperio romano que aparece en el documental.


DIARIO VASCO


Durante la filmación de 'Euskara Jendea: Erromako inperioan' se halló la lápida de Cayo Mocconio Vero, en la que se habla del censo de pueblos vascos

El perdurar en la historia del euskera fue recogido por Juan Carlos Etxegoien, 'Xamar', en su libro 'Euskara jendea'. Las asociaciones Ibaizabal-Mendebalde y Zenbat Gara decidieron aprovechar ese trabajo para convertirlo en una superproducción audiovisual. Lo dividieron en seis documentales que persiguen la historia del euskera y su evolución a lo largo de las diferentes épocas, desde la prehistoria hasta nuestros días.
En el segundo de esos capítulos, que ayer se estrenó como audiovisual participante en la sección oficial del Ficab XIII, el momento histórico es el imperio romano. Durante su filmación, el equipo responsable 'redescubrió' una lápida funeraria que había sido hallada en Roma muchos años atrás. Se sabía de su existencia, pero no dónde estaba hasta que Euskara jendeak siguió su pista hasta un almacén del Museo del Louvre. En la lápida se enumeran los méritos de Cayo Mocconio Vero, entre ellos, el censo de las 24 poblaciones vasconas y várdulas que realizó. Oiasso la ha solicitado para exhibirla en su colección.
Con ésta y otras pruebas igualmente sólidas se sienta la base para poder desmentir, lejos de toda duda, que los vascones y las otras tribus del territorio vascoparlante de entonces (vardulos, aquitanos, caristios, autrigones) vivieran ajenas a los romanos, a su organización social, a su idioma, a su cultura.
Roma llegó, fundó ciudades, construyó calzadas, explotó recursos, estableció comercio... «Y los autóctonos aceptaron entrar en el sistema romano», apunta el documental. Un sistema que funcionaba «en latín. Los romanos imponían que toda relación con ellos fuera en su idioma», como es lógico. Tal y como señala en el propio documental la profesora de Historia Antigua de la UPV, Elena Torregarai, «ser ciudadano romano no era un derecho, sino un privilegio» que muchos quisieron ganarse en el ejército. Los romanos reclutaban 'tropas auxiliares' en los territorios conquistados y hubo cohortes de várdulos, de aquitanos, de vascones. Si sobrevivían hasta licenciarse, 25 años, aquellos legionarios obtenían su recompensa en forma de ciudadanía y de un territorio en el que asentarse que recibía el nombre del propietario más el sufijo 'anus'. En una desviación lingüística causada por el euskera, surgen los 'ain', 'in', 'ano', tan frecuentes en toponímicos como Belaskoain (Belascoanus, la tierra de Belasco), Andoain (Andoanus), Guendulain (Centuliano)...
Queda claro que si el euskera sobrevivió no fue por permanecer aislado. La pregunta en el aire es, por tanto, por qué al contrario que otras lenguas de territorios romanizados en toda europa, incluidas las vecinas celtíberas, la tartésica o la ibérica, cuando Roma cayó, el euskera seguía existiendo. «Tal vez, como sugirió el lingüista Koldo Mitxelena, el verdadero enigma del euskera no es su origen, sino cómo ha conseguido perdurar hasta nuestros días», se lee en la web del proyecto, euskarajendea.com.
Un proyecto 'imposible'
En esa web se explica el porqué y mucho del cómo de este proyecto y, por la lista de colaboradores y de participantes, se aprecia que ha sido la labor de un equipo muy amplio. «El trabajo de mucha gente para que esto salga adelante es impagable. De hecho, no lo hemos pagado. Hubiera sido imposible», confiesa Lutxo Egia, uno de los miembros del equipo responsable de esta serie documental.
Se refería no sólo al capítulo proyectado ayer, sino al conjunto de la serie, filmada con «entrevistas, recreaciones, dramatizaciones, mucho grafismo» y en muy diversas localizaciones. «Un trabajo arduo, de más de dos años, pero cuyo resultado es muy interesante porque ha surgido algo que en formato audiovisual no existía». El capítulo de ayer se estrenó en Irun. Otros han visto la luz en Bilbo, en Barcelona... «Ahora el reto es divulgar lo que hemos hecho. Lo más importante es que llegue a la gente». Las maneras son varias, pero la más importante es «el pack en DVD con todos los documentales, que saldrá a la venta en la feria de Durango», anuncia Egia.


 

 

martes, 26 de noviembre de 2013

EL REINO DE ASTURIAS EN VASCONGADAS




Artículo publicado en la obra “La época de la monarquía asturiana;
actas del simposio celebrado en Covadonga  en 8-10 de octubre de 2001”.
ARMANDO BESGA MARROQUÍN
Universidad de Deusto
El Reino de Asturias y las Vascongadas
A la memoria de mi esposa, Susana Viguri,
que recién operada y en la clínica
quiso que asistiese a este mi primer congreso.
RESUMEN
En este estudio se trata de resolver la cuestión de la situación política de las Vascongadas durante los siglos VIII y IX, que ha sido, dada la escasez de la documentación, el asunto de la historia del País Vasco occidental en aquella época sobre el que más se ha escrito. El análisis de los indicios documentales existentes permiten afirmar que Álava (menos la Rioja) y Vizcaya se integraron en el Reino de Asturias desde el reinado de Alfonso I (739-757), mientras que Guipúzcoa, salvo su borde más occidental, conservó su independencia hasta los alrededores del año mil en que se incorporó al Reino de Pamplona.
LAS RELACIONES de las Vascongadas con el Reino de Asturias constituyen el tema de la historia de este territorio en los siglos VIII, IX y X sobre el que más se ha escrito. Una razón se encuentra en la circunstancia de que las penurias de la documentación apenas permiten tratar otros asuntos. Pero la causa principal de este fenómeno se halla en la trascendencia política que se ha querido dar a la situación de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya en los últimos siglos del primer milenio, primero en relación con la cuestión foral y después con la justificación o crítica de los planteamientos del nacionalismo vasco. Esta circunstancia, que ha desprestigiado el debate, y el hecho de que, aparentemente al menos, las fuentes no puedan evidenciar una solución han provocado que el problema haya sido abandonado en los últimos años. Mientras tanto, en las obras de síntesis coexisten distintos planteamientos sobre la situación política de las Vascongadas durante la época del Reino de Asturias.
La única forma de superar este estado de la cuestión consiste en la realización de un análisis exhaustivo de todos los datos existentes, porque la naturaleza de cada uno de los indicios que se poseen permite por lo común varias interpretaciones, que de hecho han solido formularse. Por ello sólo un estudio integral puede servir para hallar la interpretación correcta para cada indicio y la solución adecuada para el conjunto de los problemas, puesto que la coherencia constituye un criterio decisivo en la resolución de cuestiones como la que nos ocupa. Sin embargo, es claro que un análisis de ese género es imposible en una exposición como la presente. En estas condiciones, lo único factible es señalar las líneas maestras de la solución y dejar su argumentación para posterior ocasión (1).
Pero antes conviene realizar dos consideraciones previas. La primera es recordar que las Vascongadas carecían entonces de unidad, pues ha sido la historia posterior la que se la ha dado. Esto significa que la solución puede no ser la misma para Álava, Vizcaya —que eran más pequeñas que las actuales- y Guipúzcoa, que probablemente ni siquiera existía. La segunda consideración es que no existen pruebas evidentes para solucionar el problema de la situación política de los territorios de las Vascongadas, pues de otra manera no sería necesario un replanteamiento de la cuestión a principios del tercer milenio. Esto significa que no es posible hallar una solución fuera de toda duda, y, por tanto, a salvo de crítica. Por consiguiente, el objetivo debe consistir en la elaboración de la teoría más razonable y coherente con los indicios existentes.
Por ello conviene comenzar estableciendo cuáles son las posibles soluciones y sus posibilidades de argumentación. Son sólo tres y de muy desigual valor (2).
La primera es la de la integración de las Vascongadas en el Reino de Pamplona. Pero la realidad es que, pese a la aceptación que ha tenido y tiene esta creencia, no puede argumentarse con ningún indicio hasta el año 984 (3). Y el indicio aludido, el arbitraje de Sancho Garcés II entre el obispo seguramente alavés Munio y el abad de San Vicente de Acosta (Cigoitia) por el cobro de unas tercias sobre unas iglesias dependientes del citado monasterio, no prueba nada (4). Como tampoco demuestra nada el segundo y último indicio que puede aducirse antes del reinado de Sancho III el Mayor, que es cuando se produjo la extensión de la autoridad del rey de Pamplona por Álava y Vizcaya como consecuencia de la crisis del condado de Castilla provocada por la minoridad del infante García (5). Este segundo indicio consiste en la presencia del mencionado obispo alavés en la corte del monarca navarro en el año 987 (6). Y estos dos testimonios no demuestran nada no sólo por su escaso valor probatorio, sino, sobre todo, porque en la historia del obispo alavés Munio hay otros datos más claros sobre la titularidad de la soberanía del territorio en el que ejercía su jurisdicción: en el 988 Munio es mencionado en un documento de San Millán de La Cogolla calendado por el rey de León Bermudo II, el conde de Castilla García Fernández y su tenente en Álava Alvaro Sarracínez (7); y, sobre todo, al año siguiente el obispo alavés murió en San Esteban de Gormaz formando parte del ejército castellano que trataba de detener una nueva invasión de Almanzor, lo que zanja con claridad todas las especulaciones que pueden hacerse sobre la dependencia política de este personaje (8). Por tanto, no existe ninguna base documental para sostener la pertenencia de algún territorio vascongado al Reino de Pamplona; es más: la propuesta resulta inverosímil para el período de vigencia del Reino de Asturias, pues como ha defendido Ángel J. Martín Duque, y han aceptado ya bastantes autores, no es probable que existiera un reino en Navarra antes de la época de Sancho Garcés I (905-925), que corresponde al final del reino astur (9). Si se ha defendido lo contrario es más bien por un prejuicio: considerar natural la integración de las Vascongadas en el Reino de Pamplona por la comunidad de origen entre los habitantes de Navarra y los de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. Sobre esta comunidad de origen podría decirse bastante, pero no es éste el marco adecuado para hacerlo y no resulta necesario, pues es sabido que la comunidad de origen no es un elemento determinante, sino condicionante. Y la propia historia del País Vasco muestra la escasa operatividad de este factor, ya que lo que ha predominado con gran diferencia es la integración de sus territorios en formaciones políticas ajenas a sus orígenes étnicos. Por consiguiente, éstos en ningún caso pueden redimir de la tarea de la argumentación. Y actualmente ésta es una empresa imposible (10). Finalmente, es importante resaltar que esta larga disertación, pese a sus resultados, ha merecido la pena, pues nos da una lección que conviene tener en cuenta: el distinto rasero con el que se han medido las distintas propuestas sobre la situación del País Vasco occidental y la poca exigencia que ha llegado a haber para admitir una solución, ya que si se aplicara el mismo criterio a la teoría que postula la integración de ese territorio en el Reino de Asturias, no debería de haber duda de la vinculación de Álava y Vizcaya durante el reinado de Alfonso I (739-757).
La segunda  solución  posible propugna  la  independencia  de  las Vascongadas, que sus habitantes habrían defendido ante los intentos de conquista del Reino de Asturias. Pero esta propuesta no tiene tras de sí ningún indicio documental siquiera discutible. Su argumentación se basa en dos planteamientos teóricos. El primero es el argumento del silencio, cuya mejor defensa fue realizada por Andrés E. de Mañaricúa, que ha sido también el autor que ha publicado el último análisis importante sobre la cuestión objeto de este trabajo (11). Pero el argumento del silencio, siempre insatisfactorio, lo es aún más en el presente caso. Por una parte, no es la única vez en la historia del País Vasco en la que desconocemos un proceso de integración, pues basta recordar, por ejemplo, que también se ignora el momento de la conquista romana. Por otra parte, también se desconoce el primitivo proceso de ampliación del Reino de Asturias hacia el este y oeste, y, sin embargo, su existencia es indudable en el reinado de Alfonso I. Además, la independencia de lo que podemos llamar Saltus Vasconum en época visigoda ha dejado multitud de testimonios en obras de todo género, por lo que el supuesto silencio de los siglos VIII, IX y X no puede servir para acreditar ésta u otra propuesta. Si se ha podido utilizar en ese sentido es porque en realidad su empleo ha ido acompañado de un prejuicio sobre cómo deberían de comportarse los vascones de aquel tiempo, que dista mucho de poder probarse. Por último, hay que señalar que ese silencio no es completo. Existen voces y aunque la mayoría son discutibles, no resulta verosímil negarlas todas (12). El otro argumento es más bien una propuesta: considerar que la independencia de la época visigoda se perpetuó hasta que se puede evidenciar la integración de los territorios vascongados en un reino vecino. Pero tan válida, o mejor inválida, es la propuesta contraria: partir de la dependencia comprobada y retrotraerla en el tiempo hasta el momento en que se puede probar documentalmente la independencia. Si el primer planteamiento ha podido parecer más razonable que el segundo se debe en buena medida a la existencia de una imagen del vascón indómito. Pero esto, pese a su gran aceptación, es más un tópico que una realidad, como muestra la historia del País Vasco, siempre dividido y generalmente integrado sin problemas en Estados cuyo centro se encuentra fuera de su territorio (13). No, no hay ningún motivo para considerar que la perpetuación de la independencia es una hipótesis más razonable que la contraria. Al contrario, el siglo VIII supuso unos cambios tan importantes, que bastantes autores prefieren esta centuria para fijar el comienzo de la Edad Media. Las grandes transformaciones son evidentes en España y Francia, y, en concreto, en los territorios vecinos al País Vasco. Y también se pueden acreditar en su interior: en el 766, antes de que culminara la conquista de Aquitania por Pipino el Breve, los wascones del sudoeste de Francia, que proporcionaban a los duques aquitanos sus mejores tropas, presentaron, sin haber sido atacados, su sumisión al rey franco, acto que repitieron en los años 768 y 769 (14). Si al norte de los Pirineos la independencia vascona terminó de esa manera a mediados del siglo VIII, no hay razones para suponer sin más que se prolongara al sur, cuando, además, se tienen indicios de la misma época que apuntan en sentido contrario (15). Por consiguiente, ni el argumento del silencio ni el de la perpetuación de la coyuntura pueden probar algo.
La tercera solución posible es la de la integración de las Vascongadas en el Reino de Asturias. Esta es la única teoría que puede argumentarse documentalmente. Además, son muchos los indicios que pueden aducirse, si bien sólo afectan a Álava y Vizcaya, pues de Guipúzcoa no se sabe nada entre el 456 y el 1025.
Para elaborar la demostración conviene empezar por una base sólida, fuera de cualquier discusión racional, aunque nos lleve al final del período que queremos historiar. Y este punto de partida es la información proporcionada por la Crónica Albeldeme en el mismo momento de su terminación de que en los años 882 y 883 el conde alavés Vela Jiménez defendía la frontera del Reino de Asturias (16). El que haya que esperar a una fecha tan tardía para tener noticia de un conde del rey asturiano en el País Vasco no resulta sospechoso, y, por tanto, carece de significado. Y es que hay que recordar que el primer conde castellano conocido aparece en la documentación en el 852 (17) y que en Cantabria no se evidencia ninguna figura del mismo rango hasta el año 924-925, lo que sólo puede predicarse para la Liébana, es decir, la comarca oriental y mejor iluminada por las fuentes, pues en la Asturias de Santillana hay que esperar a la época de Fernán González (18). Pero más importante es señalar que la documentación de archivo permite testimoniar la autoridad de los reyes de Asturias mucho antes del 882. El más antiguo diploma alavés corresponde a la fundación de San Román de Tobillas en el año 822, lo que tampoco se aleja mucho de la aparición de documentos en esta zona de España, iniciada en Mena el año 800, y más cuando probablemente la fundación de Santa María de Valpuesta del año 804 afectó a tierras de Álava. Ciertamente, casi todos esos diplomas se refieren a la zona más oriental de Álava, que llegó a formar parte del condado de Castilla, pero también hay que recordar que en la donación de varias iglesias al monasterio de San Vicente de Acosta en el año 871 aparecen citados tanto lugares del norte como del sur, y al este y al oeste del Zadorra (19).
Una vez establecido que el Reino de Asturias se extendió por el País Vasco, el problema se concreta en averiguar cuál fue el momento en que se produjo esa integración y cuáles los territorios afectados. Mirando hacia atrás desde el reinado de Alfonso III ninguna coyuntura se muestra tan favorable para situar esa integración como la del reinado de Alfonso I (739-757). Como es sabido, en esa época se produjo la primera gran expansión de la monarquía astur, hasta el punto de que Alfonso I ha podido ser considerado el creador del Reino de Asturias (20). Pero no se trata sólo de un planteamiento teórico, pues a partir de este reinado comienzan los indicios que relacionan a las Vascongadas con el Reino de Asturias. Uno de ellos alcanza la categoría de prueba y es la repoblación durante el reinado de Alfonso I de las Encartaciones referida por la Crónica de Alfonso III (21), aunque seguramente este territorio era entonces muy poco vasco, ya que si hoy forma parte de Vizcaya es por avatares de la historia posterior. Los otros dos indicios son susceptibles de distintas interpretaciones. Dado el carácter de esta exposición, voy a limitarme a enunciar las que considero correctas, pues su justificación y la crítica de las otras posibilidades llevaría mucho más espacio del que ocupa este trabajo (22). La Crónica de Alfonso III señala que Alfonso I conquistó siete modestas localidades a orillas del Ebro (23). Es evidente que estas operaciones militares implicaron el paso de los ejércitos reales por Álava, y la versión Ovetense de dicha crónica incluye también a Velegia Alabense entre las ciudades conquistadas por Alfonso I. Sabido es que la crisis del emirato es la causa principal de los éxitos del monarca astur. Pues bien, en estas condiciones resulta inverosímil suponer que los indómitos vascones de las montañas de Álava y Vizcaya, que seguramente apenas se diferenciaban entre sí, asistieran como meros espectadores a estas empresas bélicas en los territorios de su influencia. Más razonable es considerar que, ante un enemigo común y las expectativas de una coyuntura muy favorable, los vascones más occidentales llegaran a algún acuerdo con el rey asturiano. Esto nos proporcionaría una hipótesis para explicar el origen de la integración del País Vasco occidental. Descartada la conquista, que no aparece en las fuentes ni es verosímil suponer, sólo se puede recurrir al pacto con los poderes locales para justificar la extensión del Reino de Asturias por el País Vasco. Al fin y al cabo éste fue el procedimiento utilizado por la monarquía astur en su expansión por el resto de la cornisa cantábrica. Más aún, la integración de los wascones en el ducado de Aquitania durante un siglo constituye un precedente y un modelo que hace muy verosímil la presente propuesta. Hay que recordar que en Francia los wascones comenzaron atacando a sus vecinos del norte, lo que no impidió que después se aliaran con ellos frente al enemigo común que fueron los francos, ante los que finalmente se sometieron a partir del año 766 (24). Por tanto, nada tiene de extraño que en España otros vascones, cuya potencialidad militar ya no era la de antaño, se asociaran con los reyes astures, herederos de sus antiguos enemigos, ante un adversario común (25). El segundo indicio procedente del reinado de Alfonso I confirma la hipótesis, pues la mención de Álava y Vizcaya en una crónica como la de Alfonso III que sólo refiere hechos relacionados con los reyes asturianos no puede tener otra interpretación que la de relacionar esos territorios, que aparecen así por primera vez en la historia, con el Reino de Asturias (26). Ciertamente, la Crónica de Alfonso III asegura que esas regiones fueron poseídas siempre por sus habitantes, pero esta afirmación no puede interpretarse en clave de soberanía (27). Su significado puede deducirse del contexto y éste es claro: la repoblación del Reino de Asturias durante el reinado de Alfonso I, pues la frase en que se cita Álava y Vizcaya figura a continuación de la dedicada a enumerar las comarcas entonces repobladas y el namque que la encabeza asegura la relación (28). En todo caso, parece evidente que en una crónica tan ideologizada como la de Alfonso III no es esperable encontrar un testimonio de la independencia de unos territorios cuyo dominio era un objetivo claro del reino astur (29).
Ciertamente, los indicios reseñados son discutibles y han sido discutidos. Si fueran hechos aislados se podría considerar que no prueban nada. Pero a partir del reinado de Alfonso I las noticias que relacionan a las Vascongadas con el Reino de Asturias se multiplican. Particularmente importantes son las que provienen del reinado de Fruela I, porque es el siguiente al de Alfonso I y porque son cuatro, es decir, más de lo que se tiene para regiones como Asturias y Cantabria y la misma cantidad que se posee para historiar la Galicia astur, cuyas similitudes en esa década con el País Vasco occidental tienen que ser significativas (30). Todo ello, a mi juicio, confirma la interpretación que se ha dado sobre el reinado de Alfonso I. Veamos por qué.
El primero de los indicios es la rebelión de los vascones que tuvo que someter Fruela I al comienzo de su reinado (31). La rebelión implica la existencia de un dominio anterior, y la victoria, su perpetuación. Es fácil negar que la rebelión fuera tal, pero hasta la fecha ha sido imposible demostrarlo a los pocos que lo han intentado. Dado que el enfrentamiento entre vascones y asturianos es indudable, lo cierto es que no hay alternativa para la rebelión de la Crónica de Alfonso III, pues no tiene sentido imaginar que fuera el resultado de una invasión vascona (que hace tiempo que no se producía y nunca se había hecho en semejante dirección), ni de un intento de conquista asturiana, pues no se entendería por qué el cronista hubiera preferido transformarlo en una insurrección. Tampoco tiene sentido dudar de la victoria, pues si el episodio hubiera acabado con un fracaso del rey Fruela I, hubiese bastado con silenciarlo en unas crónicas que apenas cuentan algo y cuyo objetivo es la exaltación de la monarquía (32).
El segundo indicio es el matrimonio de Fruela I con Munia (33), una prisionera hecha en Álava, pues su objetivo político es evidente: el reforzamiento de los vínculos que unían al País Vasco occidental con el Reino de Asturias. No hay que olvidar que el matrimonio ya había servido en la corta historia del reino para unir a Asturias y Cantabria, y que éste no fue el único enlace celebrado entre miembros de la familia real astur y destacados vascones, ya que gracias a una noticia de Ibn Hayyan conocemos accidentalmente que una hermana de Bermudo I casó con un importante caudillo indígena (34). Al fin y al cabo, no es ocioso recordar que en casi un siglo de historia del Reino de Asturias se contempla la sucesión de una reina vascona, de un monarca medio vasco, Alfonso II, y de un rey probablemente vasco, Nepociano (35).
El tercer indicio es la participación de Fruela I en la fundación en el año 759 del monasterio de San Miguel de Pedroso en la Rioja (36), que demuestra la integración de población vascona en el reino astur. Por una parte, certifica la presencia del rey al sur de unas tierras alavesas, que no le eran extrañas. Y, por otra, el diploma fundacional presenta al monarca asturiano rodeado por una serie de monjas que tienen nombres vascos o latinos, muy frecuentes en el País Vasco, como el de la propia reina, no siendo descartable, como ha apuntado Y. Bonnaz, que algunas pudieran ser parientes de la mujer alavesa de Fruela I (37).
Finalmente, el cuarto indicio es el ataque musulmán contra Álava del año 766 ó 767, silenciado por las crónicas asturianas, que no están para relatar fracasos cristianos (38). Existiendo ya en el norte una monarquía, que había crecido notablemente en los últimos años, no es verosímil suponer que cuando Abd al Rahman I se decidió, por fin, a dirigir un ataque contra el territorio peninsular que escapaba a la autoridad del Emirato lo hiciera contra una Álava independiente, cuya peligrosidad para Al-Andalus no podía ser grande. Y más si se tiene en cuenta la coyuntura turbulenta por la que atravesaba la España musulmana, que conoció entonces nuevas revueltas. Por tanto, lo razonable es considerar que al atacar Álava, Abd al-Rahman agredía el Reino de Asturias. Las más de veinte campañas posteriores contra este territorio avalan esta interpretación (39).
La historia del siglo que media entre el final del reinado de Fruela I y la época en que tenemos acreditada de manera indudable la integración en el Reino de Asturias revalida las conclusiones alcanzadas.
Ciertamente, en ese período consta la existencia de dos rebeliones contra los reyes asturianos, una contra Ordoño I (850-866) (40) y otra en los primeros años del reinado de Alfonso III (866-910) (41). Pero estos hechos sólo pueden probar las dificultades de la integración, no su inexistencia, ya que la rebelión implica el previo dominio asturiano, que, además, los reyes están dispuestos a mantener y que se restablece sin problemas. No, no hemos vuelto a la época del Reino Visigodo. Por otra parte, no hay que dar especial relevancia a la existencia de dos rebeliones en el siglo IX, pues toda la centuria está llena de episodios de ese género. Sólo en Galicia
Alfonso III tuvo que reducir cuatro. Pero mucho peor era la situación en el antiguo Imperio Carolingio, en pleno proceso de desintegración, y en Al-Andalus, donde en esta época la autoridad del emir se reducía por momentos, hasta que hacia el año 890 apenas se extendía por los alrededores de Córdoba. Por último, y esto es lo más importante, estas dos fueron las últimas rebeliones contra el poder real de la historia vasca.
El enemigo de los vascones occidentales durante este período no fueron los asturianos, sino los musulmanes, que realizaron una veintena de campañas contra Álava (42), de tal manera que fue el territorio cristiano más atacado, hasta el punto de que G. Martínez Díez ha podido escribir que a Álava le correspondió en suerte el convertirse en el yunque que en los siglos VIII y IX atrajo sobre sí los duros golpes de más del 80% de las campañas militares que los ejércitos de Córdoba desencadenaron contra el naciente reino astur (41)". Que Álava fuera el principal objetivo de los ataques cordobeses indica que no era un país independiente, pues de lo contrario no se entendería la política de los emires. No, el objetivo de estas expediciones tenía que ser el Reino de Asturias. De hecho, muchos de esos ataques afectaron también a la primitiva Castilla, cuya pertenencia al reino astur nadie puede poner en duda. Y significativamente en bastantes ocasiones los historiadores musulmanes, al narrar estas campañas, confundieron a Álava y Castilla, cuyas fronteras todavía no estaban bien definidas. Un estudio pormenorizado de estas campañas permitiría comprobar en ocasiones que el ataque musulmán era una represalia a alguna acción del monarca asturiano, o la presencia de éste en Álava, o la lucha de vascones junto a otros súbditos del rey astur.
Mas los vascones occidentales no lucharon sólo con los asturianos frente a los musulmanes, sino también en sus guerras civiles. Consta su participación en la guerra civil entre Ramiro I y Nepociano que tuvo lugar en el 84344. Y esta intervención es muy distinta de las que pudieron tener los vascones en los conflictos del Reino Visigodo a favor de un usurpador, pues en esta ocasión apoyaron con los astures al rey legítimo que, además, era seguramente vasco (45).
Otra prueba la tenemos en la Repoblación, el fenómeno histórico más relevante de la España cristiana de la época. Y no sólo en la muy importante colonización de pobladores de origen vasco en el reino astur-leonés, sino también en la repoblación de Álava por gentes de fuera del País Vasco46.
Para terminar, cabe hacer dos precisiones.
La primera es que puede parecer que lo demostrado hasta ahora sólo afecta a Álava. Sin embargo, la argumentación desarrollada es aplicable también a Vizcaya, que en la época del Reino de Asturias sólo aparece en las fuentes en la ocasión ya reseñada. Pero la segunda cita de Vizcaya testimonia con claridad su dependencia del Reino de León, pues es la mención en las Genealogías de Roda del conde vizcaíno Momo que se casó hacia el 930 con una infanta navarra (47), y en esa época, en la Península Ibérica, sólo la monarquía leonesa estaba dividida en condados (48). Nada permite suponer que esa dependencia fuera reciente. Al contrario, todo apunta a que Vizcaya estuvo incluida en un concepto amplio de Álava (49), cuya existencia puede acreditarse en los siglos XII y XIII, cuando la documentación es más abundante y locuaz (50). En este sentido hay que señalar que durante los siglos VIII y IX Vizcaya parece operar como un traspaís de Álava (51), que el vascuence de los habitantes de ambos territorios es el mismo, que significativamente constituye el dialecto más singular de todos (52), y que el obispo que residió primero en Veleia y después en Armentia fue realmente el episcopus alauensis o in Alava, es decir, que el territorio comprendido entre el Nervión y el Deva que dependía de él fue "Álava" desde el punto de vista eclesiástico (54), al menos (55). No puede decirse lo mismo de Guipúzcoa, que hasta el año 1025 permanece en una prehistoria sin Arqueología. Ciertamente, se han aducido algunos argumentos a favor de su integración en el Reino de Asturias, pero carecen de fuerza probatoria (56). La misma donación de Olazábal del año 1025 con la que Guipúzcoa entra en la historia parece indicar que su integración en el Reino de Pamplona era reciente (57), y resulta difícil de imaginar que pudiera ser fruto de una usurpación, pues hasta esa fecha no constan acciones de ese género entre los Estados hispanocristianos (58). Por consiguiente, hay que concluir que la Guipúzcoa al oriente del valle del Deva, cuyos valles se orientan más hacia Navarra (59), debió de permanecer independiente hasta los alrededores del año mil.
La segunda y última precisión debería referirse al carácter del dominio de los reyes de Asturias en Álava y Vizcaya. Pero cuando la documentación apenas da para testimoniar su existencia, se comprenderá que poco pueda afirmarse algo en ese sentido. No obstante, algunas cosas parecen claras:
Los territorios conservaron su independencia social, que fue compatible con la dependencia política.
Los poderes locales, que probablemente consolidaron su situación con el reconocimiento del reino astur (60), disfrutaron de una gran autonomía, como lo prueban los cambios de soberanía que se produjeron en los siglos XI y XII, sin que mediara conquista, salvo tardía excepción.
Seguramente, los poderes del rey, que no debían de ser muchos, no estaban definidos. Será la práctica lo que contribuya a perfilarlos (61). Mientras tanto esa indefinición, comprensible por la forma con la que se extendió la autoridad de la monarquía astur por el País Vasco occidental, pudo favorecer alguna de las rebeliones, que, por otra parte, testimonian las dificultades del proceso de integración. Pero las mismas rebeliones prueban que los poderes del rey no eran sólo teóricos (62). En este sentido cabe recordar finalmente el gran impulso que recibió en esta época la introducción de formas de vida mediterránea en Álava y Vizcaya, a lo cual no debió de ser ajena su inserción en el Reino de Asturias, señal de la trascendencia de este fenómeno (63).
 ARMANDO BESGA MARROQUÍN.
Escaneado por A. Castejón.
 

domingo, 24 de noviembre de 2013

LA JUDERÍA NUEVA DE ESTELLA-NAVARRA

http://www.noticiasdenavarra.com/2012/10/17/vecinos/estella-y-merin...


Dirigida por el Centro de Estudios, está previsto que acabe este fin de semana
Se trata de un material poco habitual en Estella y que demostraría la relación comercial con el Valle del Ebro
r. usúa -
La tercera excavación que se está realizando en la Judería Nueva de Estella, dirigida por el Centro de Estudios Tierra Estella (CETE-LI) y en la que participan un grupo de voluntarios, ha permitido encontrar numerosos restos de cerámica mudéjar, un hallazgo muy poco habitual en las catas que se han realizado en la ciudad del Ega hasta ahora y que, de alguna forma, vendría a confirmar la relación comercial que tenían sus habitantes con la zona del Valle del Ebro.
estella-lizarra. "Hemos encontrado mucha cerámica mudéjar de vajillas en la parte baja, en lo que podría ser una especie de vertedero, junto a huesos animales. Es un tipo de material distinto a lo que suele aparecer en las excavaciones de Estella, sólo en la Judería Vieja se encontró algo, así que es un hallazgo curioso", apunta Txemi Legarda, director de la excavación y secretario del CETE. "Ese material lo utilizaba gente con un nivel económico alto, era vidriada a diferencia de la que usaban los cristianos por entonces".
A juicio del historiador, este material hace pensar que "existían una relación comercial con la zona de Tudela y Zaragoza, donde se fabricaba este material. Tenemos que cotejarlo todavía, pero parece que sí".
Durante esta tercera excavación, que se prevé finalizar este próximo fin de semana, los voluntarios también han estado trabajando en un torreón buscando el inicio de la muralla. "Lo que hemos encontrado en una cata son veinte capas de suelo, cada pocos centímetros, pero no hemos podido comprobar todavía, -igual lo hacemos este fin de semana- si antes de construir la muralla de piedra había o no un parapeto de madera. Lo que sí parece es que, al haber tantas capas de suelo (de entre los siglos XII y XIV), esa podía ser una puerta de entrada y salida a la Judería; es sólo una hipótesis, pero tendría sentido", agrega. Documentar todo esos suelos les ha ralentizado bastante el ritmo, aunque no tienen una prisa excesiva, ya que "la idea es seguir excavando tres o cuatro años más".
Estos trabajos, iniciados en 2008, están dando muchas respuestas, pero, "como suele ser habitual, cada vez te surgen más preguntas". Eso sí, este año el CETE se ha quedado sin apenas ayudas del Gobierno y las actividades que se han realizado han sido con apoyo del Ayuntamiento.